Las otrora caudalosas acequias que canalizan el agua hacia los campos de arroz se toman su tiempo de reposo. Ya no son necesarios los grandes caudales que formarán extensas láminas de agua tan necesarias para la siembra y el crecimiento de la espiga. Testigos de la ineludible tarea que un día realizaron son los hilos de agua y los charcos que jalonan los cauces vacíos. Dejo testimonio de ello en la estampa que muestro, en el viejo camino de Rabisanxo, realizada en este cuarto de hoja de papel Fabriano -38 x 28 cm-, de 300 gr. y grano fino.
